Mamá Invitada Javi Cortina: “Todas sabemos Parir”

por Lili en Mar 6th, 2015

familia urrutia cortina

Quisiera contarles una experiencia de hace algunos meses que marcó mi vida, un día muy especial en el que me sentí más mujer que nunca, cuando descubrí por qué la naturaleza nos hizo de esta forma y nos entregó el regalo de dar vida.

El 27 de octubre recién pasado, nació mi segundo hijo. Creo que es poco lo que pueden expresar las palabras de lo maravillosa que fue la experiencia y lo marcadora y sin vuelta atrás que resultó.

Comenzaré por contarles que mi primer embarazo fue un período precioso, lleno de anhelos y ansiedades. Como me imagino que a cualquier mamá primeriza le pasa, traté de cuidar cada detalle para que la llegada de mi hija fuera perfecta: leí los cuidados que debía tener en todas las etapas, preparé mi casa para su llegada, fui a charlas de maternidad y lactancia, leí libros, entre otras cosas. Fueron 9 preciosos meses de espera y preparación para encontrarme con la que sería mi primer amor a primera vista.

Sin embargo, creo que nada de esto fue suficiente para comprender realmente lo que yo quería. Es aquí donde quiero detenerme un poco, ya que lo que realmente me faltó fue información. Durante mucho tiempo me culpé por no haberme informado lo suficiente para vivir el parto que yo quería vivir, porque, en el fondo, no sabía cual era ese parto.

Llegué a la clínica con poca dilatación, como le pasa a muchísimas mujeres en este país, y para apurar el nacimiento por alguna razón que aún desconozco, aplicaron conmigo todas las intervenciones de rutina típicas de los partos normales: rotura artificial de membrana (una de las cosas más dolorosas sin sentido que he vivido), inyección de oxitocina sintética, monitoreo fetal continuo, anestesia epidural, por lo tanto, posición horizontal, tacto permanente y finalmente presión a través de la maniobra de Kristeller para “ayudarme” a pujar porque a esas alturas yo ya no estaba en condiciones. Finalmente, la Lauri nació algunas horas después en perfectas condiciones, pero con una mamá que poco y nada se acuerda de su llegada al mundo.

No quiero con esta historia juzgar a quienes decidan tener este tipo de partos, simplemente quiero contarles que cerca de 6 meses después del nacimiento de mi hija, comencé a vivir un duelo por no recordar prácticamente nada de nuestro primer encuentro. Empecé a hilar todo el proceso y a investigar todas las intervenciones que “están de más”, y me di cuenta del poco tino que se había tenido en mi caso, y cuánto lamentaba no haber tenido la alternativa de decidir cuáles de ellas podía aceptar y cuáles no. En resumen, pude no haber aceptado ninguna ya que todo en mi embarazo venía completamente normal.

Fue así como decidí que, para mi próximo embarazo, quería que las cosas fueran distintas. Empecé a informarme del parto fisiológico, natural, sin anestesia, o como quieran llamarle, y le dije al Seba, mi marido, que si teníamos otro hijo, quería que su llegada fuera diferente.

Cuando estuve embarazada de nuevo, retomé mi “investigación” y llegué a Alumbra, un proyecto que estaba formando una amiga mía que busca reivindicar el parto y fomentar lo natural. Le pedí al Seba que me acompañara en un taller. Él, siempre racional y preocupado por mi seguridad y la de la guagua, estaba un poco escéptico, sin embargo, me acompañó. Aprendimos un millón de cosas que no sabíamos, pero lo más importante de todo, fue descubrir que nuestro hijo podía nacer, sin ningún tipo de intervención médica, y eso no afectaría la seguridad del parto.

Y así pasó el tiempo hasta llegar al día que cumplí 40 semanas. Fue un domingo que estuvimos solos con el Seba encerrados en nuestro dormitorio, preparándonos para ese momento que habíamos soñado durante tantos meses. Tuve un trabajo de parto largo pero muy tranquilo. El lunes a primera hora llegamos a control con la matrona. Si bien yo había soñado con hacer la mayor cantidad del trabajo de parto en mi casa, decidimos quedarnos en la clínica porque yo ya estaba con 5-6 centímetros de dilatación y el parto podía desencadenarse rápido.

Tuvimos un día tranquilo, los dos solos en una SAIP (Sala de Atención Integral del Parto). Mis contracciones fueron aumentando en frecuencia e intensidad muy lentamente. A las 4 de la tarde empezó, comencé a sentir cómo la naturaleza se apoderaba de mi cuerpo y de mi mente, cada vez más profundamente. Entendí por qué las hembras de distintas especies se esconden para parir, por qué buscan intimidad y por qué no se necesita nada más que el instinto animal para llegar ahí.

La presión de la cabeza de mi guagua en la parte baja de mi espalda era cada vez mayor, él quería salir y yo tenía que ayudarlo. Me movía de un lado para otro, buscando entre una y otra contracción una posición cómoda para los dos. Gemía, gritaba, apretaba la mano del Seba. Me movía. Mucho. Nadie me interrumpía. Era un momento sagrado y respetado.

Cuando pensé que ya no daba más, pedí anestesia. Por un segundo me sentí derrotada, y le dije a mi marido “creo que necesito anestesia para seguir”. Él, mirándome profundamente y con la voz temblorosa, me dijo “Javi, yo creo que no la necesitas”. Sé que en su interior lo único que él quería era quitarme el dolor, sin embargo, estaba tan comprometido conmigo en este proceso, que sabía que lo único que yo necesitaba era que él me contuviera y me confirmara que yo podía seguir.

Y así fue, ya estaba sobre los 9 centímetros de dilatación y sólo algunos minutos después comencé a pujar. De pié, al lado de la cama, apoyé las manos en mis rodillas y con todas mis fuerzas pujé y pujé. Grité como nunca imaginé que pudiera gritar, con una adrenalina imposible de describir. Con mi mano, sentí mi dilatación total y su cabeza cuando ya estuvo listo para salir. Un pujo más y su cabeza ya estaba fuera. Recién en ese momento llegaron mi doctor y mi doula, quienes silenciosa y respetuosamente se pusieron a mi disposición. Un par de pujos más y salieron los hombros, y de la misma forma el resto del cuerpo. Y así, de manera completamente instintiva, a las 5:01 recibí a mi Damián. Una vez que lo tuve en mis brazos, fue como si el dolor nunca hubiera existido. Sólo había felicidad, amor a destajo y la satisfacción de haberlo logrado y confirmarme capaz de hacerlo.

Fue una experiencia maravillosa, extrema, animal y, por sobre todo, natural. Comprobé empíricamente que estamos hechas para esto. Mi cachorro nació en perfectas condiciones, completamente despierto, con todos sus sentidos alerta, y trepó automáticamente a mi pecho.

Cerré con esto el doloroso proceso que implicaba no acordarme del parto de mi primera hija y me supe perdonar, y tengo la certeza de que si tengo otro hijo, no podría escoger otra manera de hacerlo.

Sólo me queda invitar a todas las mujeres a informarse, a saber de qué procedimientos pueden prescindir sin que esto afecte sus partos. Todas sabemos parir.

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